lunes, 12 de noviembre de 2018

El alpinismo consiste en dos personas, una cuerda y mucha pasión


Desde Pezcalandia difundimos ésta interesante nota.  Krzysztof Wielicki (Szklarka Przygodzicka, Polonia, 1950) es una de las leyendas que pusieron al alpinismo polaco a la cabeza de la escalada en el mundo. Aquel grupo de jóvenes aprovechó la apertura política desde finales de los 70 para buscar desafíos por todo el mundo. El invierno, el frío, el viento, el hielo y las condiciones extremas son su hábitat. Formó parte del primer equipo que coronó el Everest en los peores meses del año, ha pisado los catorce ochomiles y no se jubilará nunca. Simplemente, adapta los nuevos desafíos a su edad.
¿Cómo se le metió en la cabeza la idea de ascender al Everest en invierno?
No fue idea mía. Yo era un alpinista que no había llegado a ningún ochomil. Solo había hecho sietemiles. Bastantes, pero sietemiles. Andrej Zawada me escogió como reserva para aquella expedición, hubo dos bajas en el equipo y entré yo. Allí había gente más experimentada. Yo sabía que iba a trabajar, porque todos íbamos en el mismo carro y tocaba arrimar el hombro. Lo importante era alcanzar la cumbre, independientemente de quién la tocara. Luego resultó que estaba bastante fuerte. Me sentía muy bien en las alturas. Iba en la delantera de todos los escaladores. Cuando ya nos acercábamos al final, se sabía que había cuatro o cinco personas con más posibilidades de culminar que los demás. Ninguna, curiosamente, había hecho ochomiles antes.
En un país llano como el suyo. ¿De dónde le viene la afición?
Nosotros tampoco lo entendemos, no crea [risas]. Pero, hablando en serio, en los años 70 teníamos un problema. Nos habíamos perdido la oportunidad de la gran exploración de las montañas más altas en los 50 y los 60. La habían aprovechado los suizos, los alemanes y los ingleses. Por las circunstancias de nuestro país, nosotros no habíamos tenido facilidades. Ya en los 70, sobre todo para los deportistas, se abrieron un poco las puertas al mundo. Parecía natural aspirar al éxito, querer alcanzar a los mejores. Solo que, desgraciadamente para nosotros, todos los ochomiles estaban ya hechos, así que mis compañeros pensaron que nos inscribiríamos en la historia de otra manera. Zawada tuvo la idea de escalar las montañas más altas en invierno. Se hacía en las Tatra o en los Alpes, pero no en las cumbres más altas.
¿Tuvieron que distinguirse por su creatividad?
Sí, no quedó más remedio. Solicitamos el permiso y tardaron dos años en concedérnoslo, creo que gracias a los diplomáticos que nos ayudaron. En cuanto lo tuvimos, Zawada apuntó a lo más alto y escogió el Everest. Fue un momento importantísimo. Nuestros colegas de otros países empezaron a imitar esa decisión una vez que vieron dónde habíamos llegado. Ellos escogieron otras cumbres más bajas. Al cabo de cinco años, ya se habían coronado seis ochomiles en invierno.
¿Qué le atrajo a la montaña por primera vez?
En mi familia no había ninguna tradición y me crié en un pueblo bastante llano. Solo cuando estaba en la universidad me encontré con la montaña por primera vez. Las casualidades rigen la vida. Fui como turista a un lugar con rocas y, al ver a la gente escalarlas, yo también lo intenté y así entendí que iba a ser mi pasión. Tuve una advertencia, un accidente que me costó tres vértebras rotas y un corsé de escayola. Pero no hice caso de ella. Si algo hubiera tenido que disuadirme, era eso.
 Los alpinistas siempre vuelven, a pesar del miedo o las heridas.
Solamente conozco a una persona que se haya retirado del montañismo después de una vivencia traumática. Por lo general, el montañismo es una pasión para toda la vida. Uno muere con ella. Debemos adaptar los objetivos a nuestras capacidades para poder seguir haciéndolo hasta el final.
Los veteranos de la montaña echan pestes contra la tendencia al turismo de las expediciones actuales. ¿Comparte esas críticas?
El acceso a la montaña es mucho más fácil. Tenemos más información, internet, empresas que organizan viajes comerciales. En mis tiempos, antes de llegar a la montaña, se necesitaba mucho tiempo para preparar la expedición. Hoy en día, basta con un pasaporte y una tarjeta de crédito con fondos.
¿Empezaría usted ahora su carrera, en esas condiciones?
No lo sé… Es seguro que no iría por ese camino comercial porque la mayoría de la gente que participa en esas expediciones tan comerciales no son alpinistas, sino personas que quieren subirse a una montaña. Lo entiendo, es normal, pero no es alpinismo. El alpinismo consiste en dos personas, una cuerda y mucha pasión. Y escalar. A veces, es suficiente con escalar. No llegamos a la cima, pero el mismo hecho de subir es suficiente. Sin embargo, en esas expediciones observo personas que llegan una vez al Everest y ya no vuelven nunca a escalar.
Al calor del premio, se ha resucitado una vieja polémica sobre si ayudó o no al rescate de un montañero asturiano accidentado en el Gasherbrun. ¿Cómo recuerda ese episodio?
Para mí ha sido una gran sorpresa. Miré el informe que hice en el 2006. Es público, cualquiera puede verlo. Ahí se describe toda la exploración, la escalada, nuestras conversaciones, lo que hablamos con el equipo español. Tuvimos muy buena relación. En aquel momento no percibimos haber hecho nada mal. Al revés, creíamos que les habíamos ayudado. Quizá han olvidado que otro alpinista americano y yo fuimos los primeros en llegar para ver qué pasaba con el herido. Vimos que no tenía lesiones muy graves y le propusimos bajar con nosotros, pero no quiso. Quería esperar a sus compañeros y nosotros notificamos el accidente al equipo español. Teníamos campamento, ellos no y yo decidí dejarles todo: tiendas de campaña, sacos de dormir, lo que necesitaran. Y este hombre descendió con sus propias fuerzas.  Le dejamos medicamentos. Todo está en ese informe. Si alguien tiene dudas, ¿por qué nadie lo dijo cuando ocurrió? En el 2006 no hubo dudas ni ningún reproche hacia nosotros y, doce años después, surgen. El americano confirmó que habíamos hecho todo lo posible. Yo ha participado en otra expediciones de rescate y todo esto es bastante desagradable para mí.
Fuente La Voz de Asturias