viernes, 2 de mayo de 2014

16 sherpas en el Everest


Un triste informe de Pezclandia.

La puerta de acceso al Everest desde su vertiente sur o nepalí es una ratonera. Para adentrarse en el amplio valle occidental que conduce a los alpinistas a los pies del Lhotse antes de enfilar hacia el collado sur de la montaña más codiciada del planeta, es preciso superar antes la cascada de hielo del Khumbu, terreno glaciar impredecible. 
Ahí mismo, a unos 5.800 metros, 500 metros de desnivel sobre el campo base, un alud causó el pasado 18 de abril la mayor tragedia de esta montaña: 16 sherpas perdieron la vida sepultados por toneladas de hielo.
La cascada del Khumbu es un laberinto de profundas grietas y enormes castillos de hielo de gran inestabilidad. Un equipo de sherpas trabaja allí a diario buscando el itinerario menos peligroso, colocando cuerdas fijas y escaleras metálicas para salvar sus enormes oquedades. La rotura de estas masas de hielo conocidas como seracs es un asunto impredecible, si bien se ven favorecidas por el aumento de la temperatura diurna. Lo normal es que los alpinistas pasen por ahí con el frío de la madrugada, cruzando los dedos. Los sherpas, en cambio, pasan de noche y de día antes y después de portear sus cargas, extraña y obligada manera de jugar a la ruleta rusa. Este viernes pasado, por ejemplo, se pudo contemplar un nuevo alud en la misma zona, mientras los habituales del campo base achacan al cambio climático la inestabilidad de un glaciar cada vez más descarnado.
La reciente muerte de 16 sherpas ha colapsado la actividad y paralizado el negocio
La tragedia ha colapsado la actividad en el Everest, paralizado un negocio turístico que mantiene en vilo al valle del Khumbu y obligado al Gobierno de Nepal a tomar cartas en el asunto.
Varias compañías de guías han decidido cancelar su temporada, respetando el dolor de la comunidad sherpa. Otras, en cambio, desean seguir adelante y tienen el apoyo del gobierno, cuyos representantes se desplazaron esta semana hasta el campo base de la montaña “urgiendo” a las partes implicadas a continuar con su labor en la montaña. El factor económico sigue teniendo un peso enorme y está en el centro de un debate que incluso divide a los sherpas: los que han perdido a familiares en el alud no desean regresar a la montaña, les reprime el dolor y cierta superstición propia de su cultura y religión. Pero los hay remisos a renunciar a un sueldo de entre 4.000 y 6.000 euros por dos meses de trabajo, en un país en el que el salario medio anual apenas supera los 500 euros.
La tensión en el campo base sigue siendo alta, si bien empieza a ser tarde para equipar la montaña y más aún sin el concurso de todos los sherpas cualificados. Tras la reunión celebrada en el campo base entre representantes del gobierno, unos 150 sherpas y 40 montañeros extranjeros, la gran mayoría de los trabajadores y expedicionarios decidió renunciar a escalar el Everest.
En paralelo, la comunidad sherpa ha lanzado un órdago al gobierno exigiendo seguros dignos en caso de accidente o fallecimiento, así como evacuaciones gratuitas en helicóptero. La presión es la tónica en el campo base del Everest. Por un lado, los clientes que pagan entre 40.000 y 100.000 dólares (entre 28.000 y 72.000 euros) por hacerse con un hueco en la cima trasladan sus ansías a los responsables de las compañías de guías (estadounidenses, neozelandesas, británicas…) y estos animan a sus sherpas a equipar lo antes posible la montaña para aprovechar cualquier ventana de buen tiempo que se presente. A su vez, los sherpas son los primeros interesados en cumplir con su trabajo, cuestión de prestigio y de acceso al bonus que perciben por colocar a sus clientes en lo más alto del globo. Pero el verdadero problema no es tanto económico como de seguridad: ¿pueden realmente llevar a cabo los sherpas su trabajo sin convertirse en carne de cañón?
Al equipo de sherpas que equipa cada año la cascada del Khumbu y garantiza su mantenimiento se le apoda Icefall doctors y es un grupo de trabajo encargado de dar con la ruta más segura esquivando aquellos seracs más amenazadores. Deberían ser ellos quienes certificasen la peligrosidad del itinerario, extremo sumamente complejo y sometido a muchos condicionantes: nadie se imagina un Everest cerrado al público, por muy suicida que resulte exponerse a peligros objetivos desmedidos.
Hasta el presente se contabilizan 264 fallecidos en el Everest, de los cuales 103 eran sherpas (43 murieron sepultados por aludes), pero el negocio debe continuar ya que hay mucho dinero en juego. La cascada del Khumbu siempre ha sido origen de desgracias, un problema que amenaza con crecer hasta hacerse insostenible o provocar una nueva carnicería. El gobierno de Nepal ha insinuado estos días que para evitar el cierre de su montaña fetiche podría llegar a permitir abastecer el campo 1 con helicópteros para limitar al máximo el tráfico humano en la cascada. No es difícil imaginar un futuro no tan lejano en el que los alpinistas y sherpas lleguen al campo 1 en vuelo directo, sin pisar la temible cascada. De montañismo y ética no se habla, por supuesto.

Fuente El País